Un día con infinidad de opciones.

Rafalé Guadalmedina

Es sábado. Los rayos de sol entran por las ventanas de la buhardilla y se empeñan en interrumpir mi plácido sueño. El reloj está a punto de dar las ocho. Me siento rebosante de energía. Decidido, despierto para aprovechar el sábado que tengo por delante. Mientras tomo café, una marabunta de planes atractivos revolotean en mi mente. Componer un soneto, ir a la montaña a coger setas, hacer y tender dos lavadoras, escribir cartas a amores marchitos, asistir a un concierto de orquesta de cámara, salir a cenar a un restaurante fino, adoptar un cerdo vietnamita, decidir mis últimas voluntades…


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